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Aquí muestro algunos párrafos o partes de mis libros.

Un poema de mi libro (poemario) Poemas Selectos
 

UN ÁRBOL: TODA UNA VIDA

 

Al nacer el minúsculo brote en ubérrima y voluble tierra

busca un rayo de sol entre las rendijas del techo boscoso,

el mismo que con ramas colmadas de hojas la encierra

y el que se sosiega al pregonar su aspecto majestuoso.

Saber que el talluelo de la yema es reacio a la flaqueza

y duro a las infaustas tormentas y estíos de las estaciones.

Aprovecha la docilidad del astro rey y su poca fiereza

cuando el bochornoso clima se ausenta en ocasiones…

Saber que su reducido tronco va sumando su estatura,

bebiendo con sus raíces el agua de la compasiva lluvia.

En el batir de sus hojas, que rachas azotan con bravura,

manifiesta su indefectible tesón que jamás se agobia.

A este retoño en medio de la selva, puñetera y delirante,

el pasar del tiempo será la condena de su período pueril:

En días lluviosos, aparecerá la amenaza relampagueante.

En noches neblinosas, le calará el frío montaraz y vil.

En las ventiscas, con la ponzoñosa polvareda se moteará.

En el ínterin de pisadas salvajes, temerá su súbito final.

En la invasión de la parásita y fatídica maleza, se cegará.

En la sequía, la erosión tendrá el papel de indómito rival.

 

Al ir medrando el pimpollo, no sin penurias y amargos,

sus raíces surcarán más la tierra en busca de más agua.

La pugna del dominio se desatará por tiempos largos.

La lucha de supervivencia entre plantas atizará su fragua.

El renovado retoño habrá acabado la condena de su niñez,

pero estará comenzando su guerra, y la de sus vecinos.

Hasta la menos fustigadora maleza heredó la testarudez,

testarudez para colonizar el suelo con planes dañinos.

Los cardos y plagas, desastrosos y tenaces adversarios,

querrán impedir el crecimiento del ahora mediano árbol.

No sólo tendrá a estos dos enemigos sino a otros varios,

del que a pesar, recto seguirá como monolito de mármol.

Perentoriamente acaparará terreno en la mata arbustiva

y el optimismo y temple de este ser vegetal descollará…

la pujanza adquirida en sus iniciales meses será decisiva,

ya que pronto, de entre la exuberante floresta, resaltará.

De tupidas y nutridas hojas todas sus ramas se atestarán.

De diminutos capullos de flores por doquier se repletará.

En medio de su verdor, las avecillas sus nidos edificarán.

En sus oquedades, uno que otro insecto su refugio hará.

 

Fecundo, enhiesto y recio, llegará a su anhelada madurez

y, como un bravo rey que alcanzó su trono conquistando,

inmortalizará sus pasadas batallas ataviándose de altivez,

la que lucirá poderosa cuando al cielo se siga elevando.

Por miles o quizás millones se multiplicaran sus hojas,

los animales de la jungla engullirán sus jugosos frutos,

todas sus ramas se engalanarán de señoriales flores rojas,

y sus gruesas raíces se hundirán por más suelos abruptos.

Alígera, su copa irá sobresaliendo del estrato arbustivo…

su ofuscador de rayos el techo boscoso ya no será más…

para él los ventarrones carecerán de poder destructivo…

y el calor del estío envés de sequedad le dará brío y paz…

Las precipitaciones le energizarán de las raíces a la cima,

las neblinas de la madrugada le darán frescura y no frío,

sentirá a la sequía como una sutil prueba contra el clima

y en los albores de los húmedos días brillará con el rocío.

Transcurrirán varias décadas y joven seguirá sintiéndose.

Su gloria de ser el más alto vivificará su perenne esencia.

Pasarán siglos y de frutos y flores continuará llenándose,

y en su surcado suelo irá germinando su descendencia…

Párrafos de mi Libro Un día en bicicleta

Con esa sobrecarga de siniestras sensaciones, se estacionó a media cuadra de la plaza. La lobreguez se cernía por las grietas de las casas y detrás de los bancos y arbustos de la calle. El servicio público de electricidad se pondría de manifiesto en cualquier momento y esta parte del pueblo adoptaría un abigarramiento del estilo contemporáneo con el plebeyo de la edad media, en las horas nocturnas. Los faroles tenían cien o más años de antigüedad, al igual que los bancos, las veredas empedradas y los pequeños murallones en derredor de los arbustos. Ninguna moto o automóvil desalineaba esta cuadra, en donde el tiempo se congelaba y los habitantes vivían pasado y presente a la vez.

Un arisco palafrenero que guiaba su caballo y una longeva anciana sentada a horcajadas en una mula apuntalaban el clímax montaraz de antaño. Luego, a mi primo, tal como le vino de sopetón el invernal soplido, le apareció de la nada un señor de edad avanzada. Vestía una rarísima ropa y salió caminando detrás del tallo de un arbusto, al otro lado de la pista, en frente de su actual posición. Los transeúntes pasaban sin darse cuenta de que un tipo enfundado en un traje de la Guerra de las Galaxias se sentía como Pedro en su casa en medio de un pueblo que todavía se aferraba a sus tradiciones incaicas. El hombre llevaba un objeto plano rectangular en la mano. Luego lo puso horizontalmente, con un lado a la mira de Cayo. En ese instante distinguió qué cosa era: una especie de tablero digital, similar a los que usan los árbitros en los partidos de fútbol para mostrar números. Sin embargo, éste era un artilugio más sofisticado, como un televisor desprovisto de botones, tan aplastado como una bandeja de bocadillos y con pantalla full screen. Por unas décimas de segundos estaba apagado y, de inmediato, el viejo lo encendió y claramente se leía:

CAYO, ME URGE HABLAR CONTIGO

“¿Quién es ese viejo estrafalario?, ¿cómo sabe mi nombre?, ¿lo conozco?, y, ¿por qué se tomó el lujo de servirse de esa cosa?”, pensó con la confusa reminiscencia de haber trabado amistad con él antes. Giró su cabeza a todos lados y nadie parecía percatarse de la presencia del hombre. Así pues, a regañadientes, marchó directo al llamado del extraño.

—¿Quién es usted? —preguntó.

—Me temo que esa pregunta no podré contestarte —articuló sonriendo.

—Creo conocerlo. Discúlpeme el atrevimiento, ¿qué edad tiene usted? —averiguó mi primo.

—Eso sí puedo responderte, Cayo —declaró—. Tengo 106 años, 7 meses y 7 días —Mi primo esbozó una risa de mera incredulidad—. Y claro que sí, siempre me conociste.

—¿Cómo puede ser eso posible, señor?

—¿Sabes?, es la primera vez que me llamas señor. Pero ese no es el punto —Mi primo se dispuso a objetar, en cambio, el viejo le censuró—. Como iba diciendo, el punto es que debo prevenirte, y depende de cómo lo haga para que el escrito exista y yo adquiera experiencia.

—¿De qué rayos habla usted? ¡Se equivocó de persona!

El hombre prendió la pantalla de su artefacto con un somero golpe, le mostró a Cayo y recitó lo que decía en forma de un anuncio parpadeante.

EL AJEDRECISTA CAUTO VENCE BIT

—¡Usted está loco! —dijo mi primo. Después, un mosquito se le posó en la inmediación de un ojo. Cayo batió con vehemencia sus manos para que se alejara, pero el latoso insecto volaba en circunvalación, zumbando bulliciosamente sus alas y distrayéndolo por unos instantes. Cuando logró que se retirara quiso volver a increpar al anciano. Su intento fue en vano, ya que no había rastro de éste. Tanto calle arriba como calle abajo se había como desvanecido. “Es imposible que haya ingresado a una casa en dos o tres segundos”, reflexionaba las alternativas. “Pero, por si acaso otra gente lo vio, será mejor preguntar”. Una señora cuarentona descansaba en una mecedora debajo del dintel de su puerta abierta de par en par. Lo único que mi primo obtuvo de ella fue un no por respuesta. Con otras cinco personas más resultó el mismo rollo. “¡Qué demonios está ocurriendo! ¡De repente la gente se volvió ciega!”, culminaba de pensar eso y, a media cuadra de distancia, a un costado de los portones de la iglesia, el hirsuto invidente que le produjo terror al tocarlo convulsionaba con las manos en su nariz. El cura a cargo del templo salió a asistirlo y lo metió por una puertilla adyacente. Ahora Cayo quería regresar lo antes posible a su hogar. Esperaría a sus amigos en la esquina de entrada a la plaza y, ni bien los avistara, se iría a gran velocidad. Por ende, montó su bicicleta y pedaleó presuroso a su lugar de partida. “¿Qué quería decir con eso del ajedrecista cauto vence bit? Puede de que sólo sea un banal acertijo”, analizaba lo ocurrido, encorvado en los manubrios de su vehículo. “Además, es absurdo que el viejo tenga 106 años. Para mí que es un octogenario con unas cuantas cirugías y alimentado con una dieta estricta… Pero, le noté un cierto aire familiar, me recordó a alguien muy cercano, ¿la cuestión es a quién?”

Acontecieron seis minutos desde Chilampa le dijo que se adelantara y esperara en el centro del pueblo. Parado, con una pierna a cada lado del chasis de su bicicleta, con la punta de sus cachitos apuntando a Tarapoto, miraba constantemente atrás. La tortícolis sería su compañera de vuelta si sus promociones se tardaban más. En uno de esos giros de cuello, algo capturó su atención: el contador Humberto Coral iba de pasajero en una moto modelo chacarera; éste hacía presión en su nariz con un pañuelo ensangrentado, que goteaba manchando la camisa del conductor. Subieron por la calle de su oficina y doblaron por la calle de veredas empedradas, rumbo a la posta médica.

—¡CHECHELÉ…! ¡CHECHELÉ…! ¡VAMOS YA…! ¡SE ENFRIARÁ NUESTRA CENA! —desgañitaban Chilampa y Totolín, acercándose. Cayo ejecutó su primera pedaleada antes que acallaran sus gritos.
—¡SÍGANME SI PUEDEN! —se jactó.
—¡ALLÁ VAMOS, TE ALCANZAREMOS! —gritó Totolín.
—¡TE CREES MUY BUENO, EH! —vociferó Chilampa.
Mi primo colocó los cambios adecuados para el descenso: la cadena en el círculo de dientes de mayor radio de la catalina y en el de menor del piñón. Al llegar al borde de la cuadra que llevaba al parquecito y salía a la carretera, viró casi sin frenar en la esquina. Se sentía como delante de unas amplias hélices, que lo ventilaban de pies a cabeza, o, en caída libre a miles de metros de tierra, calculando el tiempo para abrir su paracaídas y desacelerar su caída. Sin embargo, nada impediría su verdadera revolcada. Su destino estaba determinado a dejarle dolores, no del alma, sino físicos.

Chilampa y Totolín se rindieron, pues Cayo pedaleaba a 65 km/h y, desde el letrero de bienvenida a Lamas, aumentó a 66, 67, 68, y así sucesivamente. ¿Cuál sería su límite? Toda la secuencia de rarezas que acaecieron (la espectral brisa, el dizque centenario anciano con su confuso acertijo y el herido señor Coral) disminuyeron de tono en medio de su saturado destile de adrenalina y su activación repetida de reflejos. Recorría las curvas como en la pista deprimida de un velódromo. Los pocos automóviles u otros vehículos que venían en contra, por el carril opuesto, no le obstaculizaban a pesar de desviarse demasiado, ya que sabía enderezarse con pericia.
Entre el clima caluroso del mediodía y el fresco del atardecer no podía haber mejor contraste de adaptación al ser humano, ya sea oriundo o foráneo. Ni cálido ni frío, la temperatura deseable para la mayoría de los mortales. Los vahos de los espejismos, que distorsionaron durante el día las estructuras de las viviendas con techo de calamina, eran suplantados por la enrarecida neblina de la hondonada y de la cima de los semi-oscuros cerros, que con el lúgubre caer de la noche, ocultaban lo que yacía, dormía y acechaba en el valle. Voraces predadores, rastreros, terrestres y voladores, eran cada vez más grandes, sigilosos y feroces mientras más se alejaba uno de las aldeas, asentamientos y chacras.
A Cayo no le preocupaba la poca visibilidad, y es mas, le ponía emoción a su descenso. Los costados de la carretera estaban exentos de gente o bestias cargadoras: en el puesto del vendedor de piñas, en el tambo donde se sombrearon las lamistas waykinas, en la garita de control (por las luces prendidas en el interior fue obvio que había personas dentro), en el Recreo Turístico Las Hamacas… Al pasar por ese lugar, mi primo evocó las palabras que intercambió con la hija del propietario:
—Shirley. ¡Qué lindo nombre! —le dijo.
—Gracias. ¿Siempre eres tan educado? —dijo la joven.
—A veces. Por ejemplo, cuando me encuentro platicando con mujeres hermosas y dulces como tú. Me rehúso a desligar esa costumbre de mis adentros amadores de la belleza femenina, porque me convertiría en un joven indócil y prosaico —le floreó.
—¡Jamás un chico me había hablado de esa forma, tú… tú… me sorprendió las…!
Una curva de 90 grados se hallaba a un puñado de metros. Cayo actuó célere y sus deleitosas rememoraciones no desviaron su atención en la zigzagueante ruta. Pedaleaba lo más rápido que el sistema de arrastre de su bicicleta le permitía. Su velocidad variaba entre los 75 y 85 km/h, su más alto tope alcanzado. En la subida, su kilometraje se reducía a la quinta o sexta parte. Esto dependía de lo encaramado del asfalto y los tres muchachos (a sus respectivos ritmos) lo experimentaron en carne propia.
Chilampa y Totolín se rezagaron mucho, tanto que mi primo ya no los veía atrás, tratando de emparejársele. Ningún vehículo motorizado venía a sus espaldas debido a sus raudas pedaleadas y a sus instantáneas maniobras. No podía evitar que diminutos grillos, polillas y mosquitos le vapulearan la cara y morían al estrellarse. Lo realmente fastidioso fueron los choques en sus ojos, oídos, nariz y boca.
A la altura del ambiente turístico en construcción, el canto augurador y tétrico de un guácharo tamizó sus órganos sensoriales. La quejumbrosa melodía procedía de todas partes. “Ruego que sea pura charlatanería lo que me contó mi viejita, de que el ave ésa es profetisa de la mala suerte. ¡Dios me libre!”, pensó conscientemente. Pero los designios del Todopoderoso son irrevocables. Las advertencias son a veces en vano, porque al reflexionarlas suele ser tarde para prever las medidas necesarias y escaparse con antelación de los peligros.
De repente, las dos comprometedoras frases que le produjeron intriga en el transcurrir del día se interpusieron en su mente: Boto sin la raqueta / El ajedrecista cauto vence bit. Esos fragmentos de recuerdos se estancaron en su cerebro, que se vació de otros pensamientos. Entonces, su mente se nubló y, para su insoslayable desgracia, la carretera se esfumó efímeramente de su conciencia. Iba a la deriva desde la altura del kilómetro cuatro novecientos. Bajaba y bajaba, desviándose al carril opuesto. Fatal hubiera sido si una moto, un carro o un camión transitara en esos momentos, el tamaño de esos vehículos hubiese determinado la mortalidad del choque. Tan de improviso como le vino el par de frases a su mente, así se fueron. Pero no había maniobras para remediar este descuido, pues ya sólo la llanta trasera giraba sobre el sólido cemento y la delantera, haciendo lo mismo, en la achatada mata de hierbas. Su velocidad desmedró al dejar de pedalear, en cambio, seguía siendo vertiginosa y riesgosa: 50 km/h.

—¡NOOO…! —gritó con desesperación. Frenó inútilmente ya que descendía sin gobierno por el denso y resbaloso pasto. “¡Voy a morir, soy muy joven aún, Dios piedad!”. Supo que las señales recibidas en Lamas ocultaban el desenredo de los póstumos eventos.
Su bicicleta rebotaba en cada piedra o rama que le estorbaba el paso. Bregaba por mantenerse estable. Los frenos que se rompieron a cinco metros de la pista, por la excesiva y brusca tensión, le trajeron su ruina inmediata. “Estoy con un pie en la tumba. Si llego a caer por esa pendiente a la orilla repletísima de guijarros del riachuelo, me fracturaré el esqueleto entero”, se acordó de la vez que bajó a bañarse en esa pedregosa y mohosa corriente de agua. Las manos, las nalgas y los riñones le dolían en cada brinco. Las flexibles ramas y los magros tallos que le latigueaban el rostro hacían excelente trabajo en aturdirlo… ¡Pum!. La llanta delantera de su bicicleta colisionó en una roca más pétrea y firme que las demás. Cayo salió expelido por los aires como cuando los pilotos de naves de combate se arrojan en el asiento expulsor y de esa manera se salvan de chocar o de ser disparados por misiles.
—¡AAAAAH…! —rasgó inclemente un ensordecedor grito.
Mi primo no apoyaba el trasero en algún cojinete de la fuerza aérea, ni tampoco tenía un paracaídas acoplado. Solo él y su mochila, literalmente, volaban a través de ramas y hojas. Su bicicleta daba volteretas por detrás, cuesta abajo. Más allá, en la ligera penumbra, logró ver una cerca de piedras interpuestas, similar a la de los israelitas ovejeros en la época de Cristo; y, un poco más próximo, lo terrible y angustiante: una hilera de afiladas estacas clavadas en tierra, con sus puntas dirigidas a su plexo solar. Todo en él sucedía en milésimas de segundo, como si las imágenes fílmicas de un cinematógrafo, que corren a docenas por segundo, lo hicieran en más tiempo.
“¡Qué salvaje muerte tendré, Dios mío!”, se sobrecogió. Oyó varios gruñidos y sonidos de pezuñas. Restaban unos palmos de distancia para convertirse en anticucho humano y, de la nada, una soga templada le contrajo el pecho. Debido a la inconspicua luz, la cuerda casi no se notó. ¿A quién le dio las ganas de amarrar los extremos de una soga en los tallos de unos árboles?
Mi primo quedó sin aliento al comprimirse sus costillas. Y, al caerse de bruces en el revestido lecho boscoso, sintió como si un gigante bate de béisbol le asestara un porrazo. Su bicicleta se atajó en la cuerda y giraba como un yoyo. “Ahora sé lo que sienten las pelotas”, pensó al impactarse en el suelo. Pero el peligro seguía inminente. Revolcaba hacia los puntiagudos troncos. Se molía los hombros, se contusionaba las rodillas y se lesionaba la cadera a cada vuelco. Algunas estacas estaban bastante inclinadas que podían incrustarse en su vientre… ¿Saldría vivo de esta…? ¿Sería capaz de burlarse hasta de la mismísima muerte…? ¿Cenaría esa noche con su familia…? ¿Viviría para contarlo al mundo…? Claro que sí, porque si no amigo lector, este libro, no existiera.

—¡Me salvé! ¡Pensé que moriría zarpado! ¡Gracias a Dios no! —me dijo días después en el snack de su madre.
Cayo me brindó una valiosa ayuda al contarme a detalle lo que pasó a posteriori… Un roñoso animal le salvó la vida: ¡Un regordete y encebado cerdo…! Lo irónico es que el irracional porcinazo no incluía el sacrificio en sus planes. Se le cruzó en un mal momento. Pues, la historia completa, es que una estampida de marranos se atravesó entre él y las filosas puntas, y «el salvador», empujado por su peso, se ensartó en dos estacas. ¡Qué desdichado chancho, se quejaba con locura! Luego fueron pisoteados por otros puercos y Cayo se derrapó de súbito sobre el flácido cuerpo del desafortunado, del que chorreaba una enturbiada sangre y hedía a excremento. Se quedó boca arriba y, con lo ofuscado que estaba, apenas miró la llanta delantera de su bicicleta pegarle inmisericorde en la nariz. Se hubo soltado del cordón que pendía. El neumático partió su tabique nasal al instante. Mi primo lanzó un plañidero y estrepitoso grito y luego persistentes gemidos. Veía como detrás del velo de una novia. Tenía un lacerante dolor en los huesos de la parte media de la cara, que pensó se despedazaría su osamenta. De sus fosas nasales emanaba sangre en cascadas y su magullado cuerpo lo dejó enervado y embotado. Teniendo de cama al pasto y a la hojarasca y de almohada al inerte cerdo, pidió auxilio con voz gaga:
—¡Chilampa…! ¡Totolín…! ¡Ayúdenme…!

 

—¡TE CREES MUY BUENO, EH! —vociferó Chilampa. Cayo pedaleaba como los dioses y era dificultoso alcanzarlo o, siquiera, aproximársele. “¡Qué curvada suicida! Si Chechelé puede, aprenderé a hacer eso entrenando más, pero mis prácticas no empezaran hoy”, pensó cuando observó que mi primo doblaba la esquina que bajaba a la carretera. El perseguidor frenó hasta disminuir su velocidad a inferiores 20 km/h, y viró con parsimonia.
Totolín iba una cuadra a espaldas de él. No graduó con prontitud el cambio de máxima presión y eso no le permitía pedalear normalmente, y si lo hacía, el sistema de arrastre chirriaba y sus zapatillas resbalaban de los pedales. Avanzaba por lo inclinado del pavimento y dobló la esquina incluso más lento que su predecesor.
—AGUANTA, PROMOCIÓN, uff —resopló. Su amigo se encontraba a la altura del parquecito, ahora iluminado.
—Tus superpoderes no duraron mucho, ¿verdad? Ni el descanso te convaleció —dijo Chilampa sin levantar la voz. Divisó a mi primo a escasos metros del rótulo de bienvenida al pueblo: demasiado difícil y extenuante para nivelársele. Igual pensaba Totolín de él. Los bichos del monte le molestaban en menor cuantía que a Cayo y en mayor que al rezagado, esto se debió a la velocidad de cada uno.
—Es posible que Chechelé nos espere en la entrada a Cacatachi —monologó murmurando, por si tragaba dípteros, ortópteros o lepidópteros. En seguida recordó su baile con Maitte, las palabras de despedida que le dijo al oído y el cálido abrazo.
—¡Qué rico y reconfortante abrazo! Quisiera volver a apachurrarla y… —no terminó de decirlo porque una polilla y un tábano entraron en su boca. Los escupió con repugnancia y no habló más. Se enfocó en su trayecto, pues la situación lo requería, o sino acabaría como mi primo. Tres perros salieron a toda prisa de una de las chozas localizadas cerca del puesto vacío del vendedor de piñas e hizo una ágil maniobra para sortearlos. Gracias a su concentración y previsión no corrió la misma suerte que Cayo.
Chilampa y Totolín pedalearon acorde a sus facultades físicas. Ambos nunca lo habían hecho de noche y valía la pena disfrutarlo (excepto por los insectos) por una hora o más. No querían arribar a sus casas sudando a borbotones. “La carretera a oscuras difiere mucho con lo soleada y refulgente que está durante el día. Chechelé poseerá vista de lechuza para animarse a ir a ese ritmo”, pensó Chilampa, errando sus conjeturas acerca de mi primo. Entre los kilómetros seis y siete, el mugido distante de un buey le alertó de que del lado contrario de cada curva una bestia vacuna podría bloquearle el paso.
Ningún canto de ave vaticinadora oyó en el lugar que lo hizo Cayo, envés de eso, captó un sonido procedente de un kilómetro más abajo: un grito desesperado que era de… No se le ocurría que pudiera ser otra persona. “¿Será quién supongo que es…? Sea quién sea, lo averiguaré si me voy rápido”, especuló, y de inmediato aceleró. Detuvo su marcha al ubicar el sitio del ruido. Se apeó de su bicicleta a la izquierda de la carretera y prestó atención a cualquier inusual sonido proveniente dentro de la vegetación del terreno inclinado. A un breve rato, un apagado y nasal quejido pronunció su nombre y el de Totolín, seguido de una aguda petición de auxilio. Los lamentos venían desde el interior de los pastizales, arbustos y árboles umbrosos. Se metió y comenzó a bajar, guiándose por los gemidos de dolor.
—Chechelé, ¿eres tú? —dijo.
—Sí, estoy aquí, ¿eres tú Chilampa? —musitó Cayo, deseando profundamente que le inyectaran anestesia.
—El mismo. ¡Qué resbaloso está por acá! —se tropezó en una piedra—. Ya casi es de noche… ¡Hey, ya te vi…! ¿Cómo diablos terminaste así? —se hallaba en un dilema de actitudes, en definitivo, no se decidía si reírse a carcajadas del maltrecho o de darle lástima y buscar la forma de curar sus heridas.
Mi primo casi no se había movido de su incómoda posición. Se alegró de ver a Chilampa y lo recibió diciendo en medio de la penumbra:
—Encuentra ayuda, promoción.
—Primero dime cómo terminaste encima de esa inmundicia —se esforzó por no reír—. Explícame cómo acabaste así.
—Es una larga historia —articuló, más como el graznido de un ánade que cualquier cosa,  pues los coágulos de sangre le obstruyeron su respiración, originando su repentino cambio de voz.
—Compren… —no pudo seguir entablando una conversación normal y, en menos de lo que canta un gallo, se desternilló de risa.
—¡Párala ya, Chilampa! —remachó Cayo, después de que el bufón continuara riendo a toda costa.
—Es difícil contenerme —dijo entre risas.
—¡Qué clase de amigo eres! —disonó—. ¡No tienes consideración de un pobre desvalido! ¡Cállate, y levántame de esta cochinada!
—Y yo que creía que eres lo máximo en este deporte —le decía eliminando sus cacareos y apoyándolo al pie de una caoba. Entregándole su polo sucio, prosiguió—. Límpiate la nariz con esto, Chechelé. Hay una luz por esos árboles, te traeré ayuda. Cuando regrese me cuentas sobre el chancho, pienso que se merece un homenaje de mártir o un beso de parte tuya —se fue riendo y trotando con cautela por la espesura.  (SIGUE...)